Azul. Capítulo III (Novela. Yuste.)

mayo 2, 2009 at 6:48 pm (Novela.)

La lluvia.

Hay momentos de nuestra existencia que nos vemos rodeados de lluvia. La cristalina presencia de diminutos cristales acuosos recorriendo un largo camino, separados los unos de otros, acariciándose en contadas ocasiones, tristes durante gran parte del periplo.

Y al final, lo ves todo venir, oscuro y melancólico, de distinto destino, de distinto tacto. ¡Pum! La lluvia es una extraña metafora de la vida. La ves de lejos y cuando termina, o sucede, dices, ¿ya? Y no está compuesta por una sola “agua”, sino por una sociedad, una sociedad de gritos, lamentos, asesinos, y problemas.

¿Cuál sería el problema de mi hermano? Me pregunto, caminando detrás de su urna, donde su cuerpo calcinado reposa cual charco recien formado. Puede ser extraño, pero estoy seguro de que, al mirar dentro, podría ver mi reflejo en esa capa de polvo tostada, haciéndome recordar viejos tiempo…

-¿Profesor? -me preguntó él hace dos años cuando le dí la noticia.

-Sí, en un instituto de un pueblo. Con niños de doce años.

-Aldar…-se acercó con tranquilidad y me cogió por los hombros, como si él fuera el hermano mayor-, tienes cuarenta y un años, has trabajado durante más de veinte en… eso que estabas trabajando, ¿por qué ese cambio? Tienes dinero de sobra para vivir sin hacer nada hasta que fallezcas, no lo entiendo.

Aparté sus dedos de mi cuerpo y lo miré a los ojos. Caminé durante varios segundos alrededor de la extensa cocina, rodeando la mesa redonda. Me detuve en el otro extremo, fijandome en su tranquilizadora presencia. Ninguno de los dos tenía más poder que el otro, decía nuestro cuerpo.

-Necesito un cambio. Estoy cansado y…-miré mis manos-… y arrepentido. Además, ya están todos mis asuntos zanjados. Ya no tengo más historias que contar.

-Siempre hay historias que contar, Aldar.

-Yo ya no.

-¿Acaso no quieres ser profesor justo por eso? ¿Para contar historias?

En cierto modo, tenía razón.

-Y tú eres científico. Tu cometido no es otro que descubrirlas…-apunté.

-En ningún momento he dicho que no. Y, de hecho, hay una nueva historia que tengo que descubrir. Me acaban de contratar para una investigación en Hammlet-no había orgullo en su voz, no debía haberla.

-¿Hammlet? ¿Por qué tan lejos?-Eso estaba en la otra punta del planeta.

-Sólo sé que es una gran oportunidad para mí. Volveré a mi apartamento en Otello una vez cada dos meses para actualizar mis archivos, y no perder nada, pues el tema que me toca tratar es muy importante: Han descubierto un pequeño brote luminoso que surje del suelo y que hace que, cualquier aparato eléctrico cercano, funcione sin estar conectado a la corriente.

-Eso es…-Una devacle. Sería una devacle, pensé- impresionante. Me alegro por ti.

-No. No lo haces.

Y tenía razón, no lo hacía. Ahora no puedo decirselo. Ahora camino hacia la playa pero la arena va por delante de mí. Ahora me estoy ahogando.

Somos pocos. Cerca de veinte personas. La familia Kilenai nunca ha tenido numerosas amistades. Somos pocos, y estamos confusos. No sabemos porqué le han hecho lo que han hecho. El trabajo de la policía ha sido cerrar la boca. Nadie sabe nada. Somos pocos y estamos perdidos, siguiendo un fantasma bajo un relato donde la luna está a medio hacer. Somos pocos, y muchos queremos gritar, pues tenemos una extraña sensación, la de estar viviendo una guerra. La que siempre quisimos. La que un segundo después odiamos con la fuerza con la que el huracán arranca la casa y la aleja de sus cimientos, con la fuerza con la que hércules parte la mandibula del león.

¿Qué motivos puede tener nadie para asesinar a mi hermano? Me pregunto mientras escucho las oraciones y contemplo la urna undirse en la tierra del cementerio.

Hace seis meses, mientras el barroco aroma del café inundaba mis débiles sentidos, y la pluma, una mera extensión de mi cuerpo, corregía un examen tras otro, recibí una llamada.

-¿Diga?

Silencio, y nada más.

-¿Hay alguien ahí?

Colgué y me dí media vuelta. Y justo en ese momento, como si me estuvieran observando, como si me estuvieran fichando, volvió a tronar ritmicamente.

-Señor-dije-, o señora, de verdad pido vuestro perdón, pero no consigo escucharle.

-Aldar…-era la voz de mi hermano, quejumbrosa, partida.

-¿Elric? ¿Pasa algo?

-No sé… esto es muy raro…

-¿El qué? ¿Qué ocurre?

Pero no dijo nada. Durante largos segundos mantenía su cargante respiración sobre el auricular, y parecía que en cualquier momento iba a estallar. Mis oídos fueron acumulando su ritmica acción mientras mi pecho se cargaba de una ansiedad que acabó por disparar mis palabras cual sherif llamando la atención del pueblo.

-¡Joder! ¿Qué cojones pasa?

-…es el Azul, es mágico, es… poderoso… es peligroso-decía entrecortadamente.

-¿El Azul?

-…es mágico… es poderoso… es peligroso…

-¿Qué dices? No te entiendo…

-Mi investigación es peligrosa…

La imperiosa necesidad de apretar mi puño y estamparlo contra su rostro se apoderaba de mi cuerpo segundo a segundo.

-Elric, aclárate, por favor. No te entiendo.

-No es eso, Aldar. Simplemente no… no debes entenderlo, ¿vale? Déjalo así, por lo pronto.

-Quiero ayudarte.

-Adiós, Aldar.

Y no supe nada más de él, hasta hace tres días.

Entre la lluvia, someros llantos, clásicos cantos, y tierra, el cuerpo de Elric Kilenai, convertido en cenizas, se perdió para siempre. Tumbada, la lápida decía, “investigando el modo de seguir sonriendo, nos veremos más tarde”.

A la salida del cementerio mi hermana interrumpió una llamada telefónica que tenía.

-Luego hablamos-le dije a la persona al otro lado, y colgué.

-Esto es muy fuerte, Aldar…-gesticulaba mucho, como de costumbre.

Con veinticinco años y apenas sabía como comportarse. Sus deseos de servir a la justicia convirtieron su cuerpo en esculpido, bello, y fuerte, pero seguía teniendo en su interior las manías de una niña.

-¿Qué ocurre?-Delante de ella, siempre tenía el gesto torcido, nunca sabía por donde podía salir.

-Es que cuando te lo cuente no lo vas a creer porque es increible, de verdad…

-Arandea, cuentamelo ya…

Tomó aire.

-Han cerrado el caso de nuestro hermano. No van a decir, ni hacer nada más. Elric ha muerto asesinado y no sabremos ni quien, ni porqué.

Sólo en ese momento comprendí lo que él me dijo hace medio año:

Déjalo así, por lo pronto”.

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Azul. Capítulo I y II (Novela. Yuste.)

abril 29, 2009 at 12:22 pm (Novela.)

Capítulo 1.

 

-Buenos días alumnos y alumnas. Hoy vamos a empezar hablando de las aventuras. ¿Alguien podría decirme en qué se caracteriza una aventura? ¿Nadie? ¿Todos callados? Venga, no es tan difícil…

Alguien, al fin, levantó la mano. El profesor le señaló.

-Pues, no sé… que todas las aventuras tienen un viaje.

 

-Me agrada y me sorprenda que me haga una sorpresa, pero es raro verle por aquí tan… solo. ¿Café?

-Sí, por favor. Con mucho azúcar. He venido solo, me sienta mejor. La soledad le hace ver al hombre que existe, sin que nadie tenga que recordárselo.

-Cierto. Aquí tiene, su café, y todo el azúcar que quiera.

 

-Más que un viaje, todas las aventuras tienen una búsqueda. Principio y fin, cuyo único objetivo es encontrar algo. Este “algo” puede ser tesoro, puede ser alguien, puede ser uno mismo…

 

-Gracias.-Cogió cada uno de los terrones hasta formar una L sobre el café que poco a poco se fue diluyendo.- ¿Disfrutando de sus vacaciones?

La piel del investigador se erizó. La garganta se cerró de golpe. Tosió. Los ojos se le llenaron de lágrimas, la mente de recóndita confusión, amarga…

 

-…el viaje es el libro, es la literatura, es la vida, lo que separa el principio del fin: el nudo, como el que se crea en nuestra garganta, cuando nos ocurre algo inesperado-bromeó el profesor.

 

-Bien, la verdad. Siento lo de su profesional. Le dijimos que no debía acercarse tanto, que para eso ya habían otras personas.

-¡Oh! No se preocupe por él. Está bien, está mejor de lo que piensa.

-Imposible-como al mirar a los ojos de la medusa, el investigador quedó petrificado por la noticia.

-Lo mismo dijimos nosotros. Pero al parecer no hay nada imposible. Mejor dicho, tener miedo a lo imposible, es tener miedo a la verdad.

 

-Se podría decir que el bachiller es la aventura que conduce a la carrera, que la carrera es la aventura cuyo fin es el trabajo que soñáis. Y si os paráis a pensar, descubriréis que la vida es una aventura cuyo objetivo es encontrarnos a nosotros mismos.

-¿No sería más bien el de sobrevivir?-saltó un alumno.

-No…-apuntó el profesor.

 

-¿Qué ha venido a hacer aquí?- las manos le temblaban como luciérnagas en la oscuridad, pálidas, sin rumbo.

-¿Dónde está el azul?

-No lo sé…

-Claro que lo sabe. No me diga que el jefe de investigadoras no sabe donde están los resultados de su investigación. Eso me pone histérico. No me engañe, doctor Kilenai, no me engañe-bebía el café a sorbos, cortos y silenciosos, como los ataques de un asesino.

-Es muy peligroso, y mortal. Muy pocos saben donde está. Yo no soy una de ellos.

-No le creo.

Y la taza, vacía, hizo sobre la mesa un ruido extraño, como de acabar algo.

 

-…Pues todo ser vivo acaba muriendo.

 

-No sé donde está… Váyase de aquí. Váyase, váyase como si nunca hubiera venido.-Esa lágrima en su mejilla derecha tenía la intención de salvar su vida.

-¿Has avisado a la policía?

-A los militares-contestó atropelladamente.

-Uuuh, mala elección.

Brilló, relampagueante, carmesí, el puñal.

Invisible.

 

-Al menos nadie yo no conozco a nadie inmortal-bromeó el profesor.

 

Jamás hubo adiós más frío que el de esta cabeza y este cuerpo separándose y cayendo, como estatua gigante que era, al suelo.

 

Capítulo 2.

 

 

Tan seguros de sí mismos, tan firmes, tan tranquilos… Los tres grupos de fuerzas armadas, uno por la escalera de emergencia, otro por la principal, y el más numeroso en la entrada y vigilando el espacio aéreo. Los dientes de metal. Las garras de adamantium. Los hechizos preparados. ¿Qué podía hacer un único hombre? ¿Un asesino rastrero?

-Nada. Absolutamente nada.-Afirmaba el capitán desde abajo, esperando a que sus agentes llegaran al sexto piso del hotel más lujoso de la ciudad, desde dónde se había enviado la señal de alarma.

-¿Quién ha sido capaz de mover a tantos agentes?-murmuró a espaldas de su alto cargo.

No tendría ni que haberlo pensado. Órdenes son órdenes. Ese es el fin último de un soldado, obedecer a su patria, salvarla de lo que sea, de los monstruos, de las serpientes, incluso de sí misma. Dudar, está prohibido. Dudar, no existe.

Por eso los dos pelotones subían con decisión cada uno de los peldaños, como si fueran mesías dispuestos a besar el cielo.

Llegaron a su destino con premura. Acero, por la principal, rodeó la puerta y esperó a Cola para reforzar su formación, que no tardó en surgir por la puerta de servicio.

-Capitán, aquí Acero 1, ¿qué nos dicen las cámaras?

-Todavía no tenemos nada.-y entonces pensó, “Menos mal que cada piso tiene una habitación.”- No se han registrado más ataques ni llamadas de auxilio, por lo que es de suponer que, o está en esa habitación, o arriba.

-Entendido. Procedemos a entrar.

-Proceda, proceda.

Sí, este capitán era muy vulgar. Siempre había destacado en la academia, en los ejercicios, en cualquier incursión, en misiones de paz, pero a la hora de la verdad solo le dejaban tareas “de mierda”, como él las llamaba. Inútiles. Por eso hablaba con tanta vehemencia, con tan poco respeto. Saltándose el protocolo por completo.

“¿Qué clase de misión era coger a un asesino? ¿Qué clase de misión es, para el ejercito, atrapar a alguien? Maldita sea, es completamente estúpido. Pero órdenes son órdenes, aunque no exista lo más alto, y no por ser educado y refinado vamos a llegar al infinito. No, jamás llegaré a lo alto. No pasaré de aquí…”

-Capitán, aquí Acero 1. Cadáver encontrado. Nada del asesino. Todo cerrado.

-Proceda a subir. Coja a ese hijo de puta.

¿Cómo era posible? ¿Cómo un hombre era capaz de huir con tanta rapidez? Hacía solo cinco minutos desde que se había dado la alarma verde. “Alarma verde, qué ironía”. La alarma verde era un instrumento mágico que se le dá a ciertos sujetos amenazados de muerte por una circunstancia u otra. Es verde por la esperanza, aunque no suele sobrevivir ninguno. Normalmente el ejercito suele tardar en llegar demasiado, y ni cogen al asesino, pero esta vez casi parecía que se habían teletransportado.

-Parece que sabían que hoy iban a matarlo…-afirmó el mismo raso bocazas de antes.

-Maldita sea…-pero es que, de alguna manera, tenía razón. Sus superiores sabían que iban a matarlo.

-…podríamos haber estado con él desde el principio, para evitar que lo mataran. A menos que quisieran muerto al tío, claro… ¡Ah!

El grito se debía a la patada de desesperación que su capitán le regaló sin contemplaciones. La patada había sido un acto de ira. Un acto de asquerosa sinceridad. Estaba furioso porque probablemente se estaban riendo de él. Ya no de él, de su país. Y ya no por un país, si no por una vida… ¡Habían jugado con una vida!

¿Órdenes son órdenes? En la inmensa ciudad de Fortinbrass, poética, y bella, las miradas se convierten en traiciones, y las peticiones en asquerosos mandatos. Aprieta el gatillo. Préndele fuego. Dale ese veneno. Acuchillalo, acuchillalo. Hay tantas vidas, y tan pocas órdenes…

“Jugar con una persona de esa manera… ¿con qué fin?”

¿Con una sola?

Acero subió, Cola cubriéndole las espaldas. Frente a ellos, contemplando el horizonte como un niño observa el envidiable vuelo del grajo, un hombre con una armadura azul ornamentada con cientos de símbolos, batallas, y firmas de espadas y balas, que mareaban la visión de cualquier. Su espalda la cubría una capa blanca, tímidamente manchada por un rojo tierno y dulce, como el de una manzana. Parecía un gigante. Goliat.

Pero no lo era. Era más que eso, mucho más.

-Las manos sobre la cabeza-Gritó Acero 1.

-Veintiséis…-dijo simplemente el individuo volviéndose hacia ellos, torciendo los labios.

-¿Cóm…?-y no le dio tiempo a decir nada más, pues un segundo después su cabeza y su cuerpo eran dos entes distintos.

Y la capa se untó de deliciosa mermelada.

Acero disparó con plomo puro, pero las balas quedaron detenidas en el aire víctimas de un hechizo, y besaron el suelo como juguetonas canicas. Cola invocó distintos hechizos de fuego que pasaron por encima de sus compañeros con la intención de arrasar al asesino. Esquivó dos saltando a un lado, otro para más, rodando hacia atrás, con un salto hizo que varias fallaran, y con otro la décima fue olvido. Un paso más, y el asesino caería al abismo. Sus piruetas le habían llevado a una situación extrema, justo cuando dos esferas incandescentes se acercaban. De su cuello arrancó un amuleto que apretó con intensidad. Surgió entonces una empuñadura, y por último, una extenso hachote el doble de grande que él. Con una fuerza sobre humana, se escudó del ataque.

Fue entonces cuando el asesino alzó la mano derecha y todos, absolutamente todos, como idiotas, como estúpidos, no tuvieron más remedio que gritar y llorar al ver como despegaban del suelo sin saber cómo. Más bien, sin poder evitarlo. Con dicha mano, hizo el gesto de agarrar algo, y con la boca, fingió arrancarle las cabezas.

¿Fingió?

 

-Atraparemos a ese hijo de puta. Juro que lo atraparemos. ¡Joder que sí!-Exclamó el capitán- No tiene más remedio que salir por arriba, y por ahí lo tiene todo perdido. Soldados, ¿está todo preparado?

Un tanque, dos artilleros profesionales, cincuenta hombres con rifles, hechizos de fuego, proyectiles de viento…

-Preparados, capitán.

Sin embargo, era ciertamente insultante ver a un hombre, desde un trigésimo piso, usar a tus subordinados como una escalera, descendiendo plácida, tranquilamente, como si nada ocurriera. El asesino, de cuando en cuando, usaba alguno de los cadáveres como escudo, y cuando lo veía completamente inútil, lo tiraba como si se tratara de una bolsa de basura apestosa.

Cuando se hubo cansado de tanto ataque, alzó el hachote, y lo lanzó hacia el tanque, atravesándolo de parte a parte. Luego, como si estuviera unido a él por hilos invisibles, el arma volvió a su mano, para volver a descender como si se tratara de un boomerang, un boomerang mortal, rebanando miembros allí por donde pasaba, destruyendo.

Los pocos espectadores que había salieron corriendo completamente asustados. El capitán no reaccionaba. La sensación de estar acabando el libro de su vida no le dejaba tomar su turno, solo leer, y leer, y leer, y seguir leyendo.

Segundos más tarde, tenía al asesino frente a frente, y lo reconoció.

-Dios santo… ¿cómo es…?

No hubo más palabras. El cuerpo descansó sobre la tierra. El rostro reventó en mil pedazos. Voló, como un grajo sin destino, como un grajo que observa como un asesino se alejaba en una limusina negra.

El grajo nunca lo entendió.

El grajo nunca lo entendería.

 

 

En medio de la clase, le sonó el móvil al profesor.

-Vaya, perdonad chicos, pero tengo que atender esta llamada.

Salió como si nada. Ese “número desconocido” que aparecía en pantalla olía a malas noticias, pero no las malas noticias que él se esperaba.

-¿Diga?… Sí, soy el profesor Kilenai. Sí, mi hermano era investigador, ¿qué ocurre? ¿Cómo? En serio? ¿Está seguro de…?

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El trono oscuro (I). (Novela. Kilian Colmilloforjado.)

abril 28, 2009 at 2:04 pm (Novela.)

 

Una nube oscura, tan negra como el pez, empezó a crecer en el cielo, tan lentamente y tan rápido como había aparecido. La multitud, congregada en sus hogares y mercados salían hacia la calle para ver qué estaba pasando en el cielo. Nadie hablaba, sólo veían como encima de sus cabezas se formaba esa especie de aureola negra que empezaba a crecer muy lentamente. Los coches empezaron a pararse viendo a la gente que es lo que les llamaba tanto la atención, y por unos minutos toda la ciudad quedó en silencio mirando un punto fijo y común. La negra extensión empezó a tapar el sol, y las sombras empezaron a aparecer como si se hubiera hecho de noche en un par de minutos. Empezaron a oírse susurros diciendo que a lo mejor se debía a un fenómeno atmosférico, o a una tormenta, pero nadie recordaba que se hubiera formado una tormenta de tal magnitud en toda la historia de la ciudad. Esa masa uniforme no parecía de este mundo y la gente, congregada justamente debajo de ella, empezó a asustarse, tanto que empezaban a alejarse de ella como si una voz en su interior les dijera que algo no iba bien, y que aquella nube negra no fuera del todo benigna, pasajera o de buen augurio. Y de pronto, cuando la gente empezaba a darse la vuelta para marcharse a sus hogares apareció, tan grande y tan descomunal que los congregados allí no pudieron más que cerrar los ojos ante aquel espectáculo; un gran rayo de luz descendiendo hasta el suelo.

Fue tan repentino y tan cegador que los que lo miraban estupefactos quedaron totalmente ciegos por un par de momentos, y cuando pudieron recobrar la visión todos miraban al suelo creyendo que allí habría un agujero a causa del rayo. Pero sólo vieron, con miedo y expectación, un trono.

Medía como dos metros de alto y un metro y medio de largo, parecía totalmente de madera pero con unos tonos tan negros que casi rozaban el metal quemado por un fuego infernal. En los respaldos de los brazos se podía apreciar dos cabezas de dragón, uno con la boca abierta enseñando sus metálicos dientes, y el otro con la boca cerrada en posición de sumisión. Toda la espalda del trono estaba adornada con un motivo que parecía una batalla entre monstruos extraños y humanos con armaduras, donde todos estaban muertos y sólo quedaban en pie un gran caballero de aspecto nigromántico vestido con una gran armadura negra y un hacha gigantesca y un humano mitad demonio, un humano con los brazos llenos de espinas y ojos de inframundo. El trono se coronaba con una gran cadena que llegaba hasta el suelo y donde se podían ver unas extrañas letras que nadie sabía qué significaban y ni siquiera se podía adivinar en qué lengua estaban escritas que parecían forjadas con odio y miedo, su color era tan parecido al rojo de la sangre que parecía que fueran a brotar al suelo de un momento a otro.

Las personas quedaron estupefactas ante la aparición del trono y no supieron cómo reaccionar, nadie se acercaba a él por miedo a su fantasmagórica aparición. Muchos corrieron a esconderse a sus casas, y muy pocos se quedaron allí esperando que sucediera algo más… y la nube seguía creciendo.

 

-Menuda siesta me acabo de dar- decía Várian mientras se estiraba los músculos. Había estado todo el día estudiando para su examen del día siguiente y se había quedado dormido entre todos sus papeles, la habitación estaba iluminada por una lampara de mesa y todo a su alrededor quedaba en penumbra.

-Vaya, he dormido más de 4 horas y ahora me siento como si acabara de echarme hace un momento- pensó. Se dispuso a levantarse y bajar a la cocina a por un poco de pan y mantequilla cuando encendió el televisor. Bostezando se dirigió a la cocina sin prestarle mucha atención, abrió el frigorífico, cogió un poco de pan de la panera y cortó una rebanada gruesa. – “No podemos explicar cómo ha sucedido pero los viandantes aseguran que ha aparecido de la nada como si fuera un fantasma después de una gran luz. Señora ¿podría explicarnos que ha pasado? Ha aparecido una silla gigante en medio de la calle..” El televisor encendido y Varían mirando la televisión con los ojos abiertos, con un bocado de pan y la mantequilla empezando a escurrirse por la boca hacia el suelo del salón, mirando estupefacto las noticias de la tarde que daban un reporte especial a la noticia de la ciudad. Corriendo fue hacia su cuarto y se puso su abrigo largo de cuero, apuró su tentempié y salió corriendo hacia el lugar de los echos.

– Joder, esto parece totalmente sacado de un relato fantástico con orcos y elfos…- iba pensando mientras corría hacia la calle principal. De improvisto echó una ojeada al cielo y miró extrañado una nube gigantesca encima de él, eran las doce del mediodía pero las farolas estaban encendidas y daba la impresión de estar corriendo por la calle a las dos de la madrugada. Las farolas estaban encendidas y se no se oía nada más que un silencio sepulcral.

Llegó allí en media hora y paró totalmente en seco al ver la multitud que se congregaba alrededor del trono. Un cerco policial lo rodeaba evitando que la masa se acercara demasiado a el, la multitud curiosa quería ver bien aquel trono iluminado por los focos de la policía. Entre la gente se podían ver muchos furgones de diferentes cadenas televisivas locales, nacionales e internacionales documentando la noticia con los testigos de la aparición. Pudo escurrirse hasta la segunda fila de todos los apostados y vio perfectamente lo que había visto en las noticias, un trono negro azabache en medio de la calle, impasivo como si no estuviera allí, devolviendo la mirada con ojos invisibles a toda la gente que lo miraba con recelo. La policía no se acercaba a el por orden del comisario pero impedían que la gente se acercara demasiado. Empezaron a venir furgones de policía científica incluso un par de furgonetas de parapsicologos que decían que era un regalo de los extraterrestres. Várian admiraba la belleza del tallado de sus proporciones cuando una voz dentro de su mente le dijo muy suavemente, con una voz tan cálida que casi parecía una voz angelical:

-siéntate-. Él, creyendo que le hablaban, giró la cabeza para ver quien era pero allí solo había gente que miraba estupefacta hacia adelante. -Siéntate- volvió a oír dentro de su cabeza. Al volver a mirar el trono empezó a ver una pequeña luz sentada en el regazo de la descomunal silla. Un pequeña luz, esférica, que se movía de un lado para otro como si fuera un péndulo. Una luz fantasmal pero a la vez emitía una luz que no parecía artificial, sino celestial. Varían miro a la gente creyendo que se produciría un estupor por ver la aparición de la luz pero las facciones de la gente congregada no cambiaron en nada, seguían en su estupor por ver el fantástico trono.

-Siéntate- volvió a oír mucho mas claramente dentro de su interior y seguido por un impulso que no venia de su propia voluntad empezó a andar hacia el trono. Un policía le cerro el paso pero Varían se escabulló de él y empezó a correr hacia la silla. El policía que intentó detenerlo llamó a sus compañeros para que le ayudaran y cuatro policías más corrieron hacia él para cortarle el paso, pero cuando la mano de Varían toco el trono, un destello de luz recorrió en circulo todo el trono y expulso a los policías cuatro metros hacia atrás de un golpe, como si fuera un trueno. La gente, gritó asustada creyendo haber visto una explosión y empezaron a correr desperdigados como alma que huye del diablo. Varían se sentó en el trono con un exhalo de su aliento, y en cuanto su cuerpo tocó el asiento la cadena que coronaba el trono empezó a enrollarse en su cuerpo. Los policías desenfundaron sus armas por temor a un nuevo ataque y apuntaron a Varían y al trono gritándole que saliera de ahí. El golpe que recibieron los policías que intentaron detenerle los dejaron inconscientes por unos momentos pero avisaron a sus compañeros que no se acercaran a él por si se repetía el ataque. Varían intentaba gritar por el pánico que le daba ver como su cuerpo iba siendo enrollado por la gran cadena oprimiéndole el pecho, las piernas, los brazos y dejándolo totalmente inmóvil. El intentaba gritar pero de su voz no salía grito alguno, parecía que algo silenciaba todos sus gritos y su cuerpo se iba hundiendo mas en el trono. Y de pronto, tan claro como había oído las palabras en su mente pudo distinguir: -¿Este es el héroe que me traéis, estúpidos humanos? Este enclenque no sabe ni tan siquiera blandir una espada y su alma ni siquiera podría aguantar el peso del poder demoníaco de vuestra sociedad… que sea así pues…- y Varían, ante todos los ojos que lo miraban, desapareció.

Oscuridad. Una gran oscuridad le envolvía. Era tal la magnitud de ella que era totalmente imposible poder ver sus propias manos en sus propias narices pero lo mas extraño de todo era ese silencio tan sepulcral. Era incapaz incluso de oír sus propios latidos de su corazón. Sus pies no tocaban el suelo pero no sentía que fuera o cayera hacia ningún lado. Era como flotar en el espacio infinito pudiendo respirar, o al menos, Várian pensaba que seguía vivo. Empezó a pensar que estaba muerto, diciéndose que no podía ser esto lo que había al morir, una oscuridad infinita, un silencio infinito viviendo hasta la eternidad sin sentir, oír ni ver nada. Sentía como si de un momento a otro fuera a volverse loco e intentar arrancarse la piel. Era incapaz de saber cuanto tiempo había pasado cuando de repente, a lo lejos empezó a vislumbrar una pequeñita luz a lo lejos. Intentó llegar hasta ella pero no sabía como moverse y cuando la luz empezó a hacerse mas grande, de pronto aparecieron millones de luces, brillantes como estrellas y otras tan pálidas como la luz de la luna aparecían delante de sus ojos y pasando al lado de él a una velocidad frenética. Intentó dar un paso hacia adelante y cuando movió su pie derecho sintió como caía hacia abajo. Un huracán de vientos tibios, cálidos y gélidos le recorrían el cuerpo. Su sensación era como si estuviera cayendo por un abismo infinito… No podía oír nada, ni tan siquiera su propia voz al gritar… su mente y su cuerpo empezaron a sentir todo tipo de sensaciones, ira, rabia, temor, miedo seguidas después de una tremenda paz que podría competir con el paraíso, de pronto, a sus pies pudo ver dos manos totalmente sobrehumanas, monstruosas que se acercaban a él con sus garras abiertas. Las manos eran de color purpura, rojo y negro, pero estos colores se iban entremezclando impidiendo saber que color era el que predominaba, entonces esas manos demoníacas le cogieron el cuello y empezaron a estrangularlo y cuando quiso darse cuenta de que estaba pasando empezó a oír una voz a lo lejos que lo llamaba…

-Várian… Várian… despierta… por favor despierta… llegaras tarde a clase. De repente se incorporó como si le hubieran dado un latigazo en la espalda y al abrir los ojos miró anonadado que se encontraba en su habitación, y la voz que escuchaba era la de su madre que lo miraba con cara de pocos amigos.

-Várian, hijo mio, vas a llegar tarde a clase, venga levantate y desayuna, que hoy tienes un examen muy importante en la universidad. -le decía mientras recogía su ropa que estaba desperdigada por el suelo. Un tremendo dolor de cabeza empezó a aflorar en el.

-Mama, que ha pasado, estaba sentado en el trono que apareció en la calle principal y… – intentaba decir pero su voz quebraba ante el desconcierto de su situación.

-¿Trono? ¿Que trono? – preguntaba su madre- ¿Ya has vuelto a soñar con tus malditas historias? Ay, hijo mio… cuando maduraras de una vez, te dejaras esas historias de duendes y te sacaras la carrera de Ingles de una vez…5 años llevas ya intentándolo.. tu padre esta harto de pluriemplearse para pagaros a ti y a tu hermana la universidad… y tu te pasas el rato jugando a esos juegos del ordenador y leyendo libros de batallitas entre elfos y enanos… – Siempre era la misma historia cada vez que se levantaba. Su madre echándole la bronca y Várian intentado levantarse para ir a clase. Pero Varían se exprimía los sesos intentando recordar que había ocurrido. Recordaba haberse sentado en el trono y ser engullido por la gran cadena, y después de eso una gran caída en una oscuridad casi demoníaca. No podía haber sido solo un sueño, había sido demasiado real para él.

-Si, mama… quizás estaba soñando.- dijo con recelo ya que no pensaba que todo eso hubiera sido un sueño, pero al ver que todo estaba normal intentó quitárselo de la cabeza, pero primero, tenia que volver a la calle principal.

Bajó a la cocina con desgana ya que no tenia muchas ganas de desayunar. Solo podía pensar en el maldito trono. Estaba totalmente seguro que no había sido un sueño y que el trono había aparecido de la nada tragándolo a no se sabe donde. Pensó en mirarse el cuerpo en busca de alguna magulladura o alguna señal de la tremenda fuerza que había sentido cuando le oprimía la cadena pero no encontró nada, ni el mas leve enrojecimiento de la piel.

Cogió su desayuno y se lo metió en la boca a la vez que se ponía su abrigo y salió a la calle, intentando recordar todo lo que había estudiado el día anterior, pero en el momento que salió por la puerta su mente se quedó totalmente en blanco. Fue tal su asombro que todo el desayuno que tenía en la boca cayó al suelo a causa de lo boquiabierto que se quedó. Allí ya no estaban las calles llenas de coches con su ajetreo matutino y diario, no había farolas, ni cemento, ni asfalto… estaba en algún otro sitio lleno de casas echas de madera y piedra. La gente a su alrededor hacía su vida normal, podía ver a un herrero en su forja forjando herraduras que ponía a la venta junto a su hijo en un pequeño puesto delante de su casa donde una disposición de herraduras, espadas y otros útiles tanto como para la construcción, la carpintería y otros que nunca había visto llenaban su puesto. El joven era muy parecido a su padre y tenia una gran sonrisa mientras despachaba a un hombre bastante musculoso. Al girar la cabeza a su izquierda pudo ver muchas mas casas, le recordaba a su ciudad pero ésta era totalmente diferente. Había un establo cerca que lo que parecía una posada, donde a un hombre totalmente borracho lo estaban refrescando unos tipos mas borrachos que su camarada en el bebedero de los caballos mientras se reían a carcajada suelta.

Pero sus ojos quedaron totalmente abiertos como platos cuando se dio cuenta que encima de una gran colina que coronaba todo el pueblo había un grandioso castillo con 9 torres, donde una torre central sobresalía de las 8 restantes. Gigantesca, acabada en pico y de color purpura oscuro casi parecía que podía rozar el cielo. No podía dar crédito a todo lo que estaba viendo, por su cabeza pasaban todas las historias que había leído en todos sus libros. Era como si el sueño mas imposible jamas realizado se hubiera echo realidad. Estaba en la época medieval o al menos eso es lo que él creía Donde se regía el mas fuerte, donde no habían coches, ni electricidad, solo la vida tranquila de los humanos en la naturaleza y la fuerza como bandera de la justicia y la honradez. Su espíritu se ensanchó y creció una enorme energía dentro de él, creía que si daba un suelta podría volar hasta el cielo de toda la energía que podía sentir en todos sus músculos. De pronto recordó que había pasado, había salido a la calle para buscar el trono o algún rastro de el y se había encontrado con todo aquello. Estaba seguro que aquello no podía ser su ciudad y que todo aquello era por culpa del trono. Tenía demasiadas preguntas y no sabía cómo ni donde empezar. No sabía que hacer. Lo único que podía pensar ahora era volver a entrar a su casa, o al menos entrar por donde había salido y desde hay empezar la búsqueda de lo que estuviera buscando. Quizás su madre seguiría allí o si volvía a cruzar la puerta volvería a su casa de verdad. Tenía que intentarlo.

 

Várian se dio la vuelta para volver a entrar a su casa y preguntarle a su madre que había pasado hasta que se dio cuenta que su casa también había cambiado. Su casa ahora era totalmente de madera, al estilo nórdico donde el tejado de pizarra tenia acabados de madera con cabeza de animales. El caballo era el que mas predominaba en todos los tallados. Entró dentro para buscar a su madre y allí la encontró removiendo algo que olía bastante bien en un gran caldero a la lumbre central donde debía estar el salón. Estaba vestida con un vestido de cuero, su pelo estaba suelto y parecía algo mas vieja de lo normal, en su rostro se veía una cálida sonrisa.

-¿Has olvidado algo Várian?- preguntó su madre con total tranquilidad.

-¿Mama que ha pasado? ¿Donde estamos? ¿Que le ha pasado a la casa? ¿Porque…? -empezó a preguntar mientras un montón de preguntas le asaltaban la mente, tan rápidamente que no sabía por cual empezar hasta que todo a su alrededor empezó a tornarse borroso, empezó a sentirte tan pesado como el plomo y cayó desmayado.

-Várian… despierta! -oía como lo llamaban a lo lejos mientras algo o alguien lo alzaba hasta ponerlo sentado en el suelo. Cuando abrió los ojos se encontró con un hombre que llevaba una cota de malla en todo el cuerpo, vestía con botas marrones de caña alta sucias por haber estado caminando mucho con ellas, unos guantes de cuero negro bastante roídos y unos pantalones verdes pero lo mas curioso de él era su larga y frondosa barba rojiza que le llegaba casi hasta la cintura. Tenía el pelo largo y recogido en una gruesa trenza y cuando Várian quiso hablar, el barbudo lo alzó con solo una mano. Pensaba que estaba soñando o que se había golpeado demasiado fuerte en el suelo porque cuando se levantó y volvió a mirar al personaje este no media mas de metro cuarenta, sentía que iba a enloquecer porque lo que tenía delante era lo que siempre había soñado ver y conocer, el hombre que se encontraba justo delante de el era un enano. Volvió a desmayarse.

-¡Por las barbas de Grom! Se ha vuelto a desmayar este hijo tuyo. – refunfuñaba Khoros. Alzó a Varían cogiéndolo por la cintura y lo dispuso a dejarlo encima de su cama.

-¿Que le habrá pasado? Esta mañana estaba algo raro, pero pensé que no sería nada. -Se preguntaba su madre mientras le quitaba las botas negras. Varían no se había dado cuenta pero justo al salir y ver todo aquel espectáculo fantástico no se dio cuenta de que su ropa también había cambiado. Ya no llevaba sus zapatillas “Paredes” ni su sudadera a rayas rojas y negras con su abrigo largo de cuero que le llegaba casi hasta los pies sino que vestía un atuendo de lino negro y unas botas de cuero.

-¿Serías tan amable de ponerme algo de beber, Massie? -preguntó Khoros mientras daba un largo suspiro, se sentaba en una silla cerca de Varían y apoyaba su gran mazo en el suelo cerca de él. El mazo era de madera de roble bastante duro, tenía una cabeza de metal forjado y unos remaches con runas enanas en cada lado de la cabeza.

-Claro, Khoros. Siempre tengo algo de cerveza para nuestro benefactor favorito. -le guiñó un ojo de complicidad y entró a la cocina para buscar una jarra. Khoros, metió su mano en su bolsillo y sacó una larga pipa de nogal donde la cabeza de la pipa había tallado una pequeña cara de enano. Rebuscó en sus bolsillos y sacó una pequeña talega de tabaco y acercó un leño pequeño ardiente de la hoguera de la cocina para encenderse la pipa dando una larga bocanada de humo gris.

De un salto Várian se despertó, casi sobresaltando al impasible enano. Giró su cabeza en redondo y lo miro no pudiendo creer lo que estaba viendo. Pegó un salto queriendo salir de la cama pero calculando mal la fuerza cayo justamente encima de el desparramando la pipa por el suelo y tirándolo de la silla.

-¡Por todo el oro de las montañas Garganta de hielo! ¿Te has vuelto loco Várian? -pregunto Khoros mientras intentaba desembarazarse de él.

-¿Eres un enano de verdad? ¿O sigo soñando aun? ¡No puedo creerlo, eres un enano! -gritaba extasiado mientras se ponía en pie y le tendía una mano para ayudarlo.

-¡No quiero tu ayuda! Ya sabes que un enano sabe levantarse solo sin la ayuda de ningún muchacho mal educado. Si, soy un enano, ¡no voy a ser un gnomo!, y tu eres un muchacho bastante impertinente… ¿Tan fuerte te has dado en la cabeza ojitos claros? -gruñó mientras se ponía en pie y buscaba su pipa que había sido vaciada por culpa del golpe.

Massie volvió de la cocina con dos jarras llenas de cerveza, algo de pan blando y un poco de carne de venado seca.

-¿Ya has despertado? Menudo susto nos has dado. -le decía mientras ponía todo sobre la mesa. La mesa estaba muy bien tallada en madera y parecía muy resistente.

-Mamá, ¿que ha pasado? ¿Donde estoy? -le preguntó mientras se acercaba a la mesa para poder beber algo, tenía la garganta seca por todas las emociones que estaba pasando y pensó que un trago de cerveza tibia no le vendría mal.

-¿A que te refieres? Estas en casa donde si no. -Respondió con extrañeza.

-Mama, no entiendo nada. Justamente al levantarme de la cama estaba en mi habitación y en mi casa y cuando he salido por la puerta todo había cambiado. ¡Por todos los demonios!¿Donde se supone que estamos? ¿donde diablos ha ido a parar todas las calles, los coches..?¿es esto un universo paralelo? -decía mirando a la mesa, formulaba sus preguntas casi inconscientemente, como si pensara en voz alta. Massie y Khoros se miraron mutuamente extrañados por un instante hasta que estallaron en risas. Varían los miraba con impotencia preguntándose donde estaba la gracia.

De repente la puerta se abrió y alguien entró a la casa. Solo se veía una gran capa blanca como la nieve con un bordado de oro sobre la capucha. El individuo cerró la puerta tras de si y se dio la vuelta apartándose la capucha de la cabeza. Era una mujer. Era muy hermosa, parecía tener un aura a su alrededor que denotaba armonía y paz. Tenía el pelo negro y largo y algo ondulado, con unos ojos marrones que parecían mezclarse con tonos de miel, llevaba un par de gafas con una montura gruesa negra, y llevaba puesta una túnica azul con adornos extraños de color blanco que asemejaban a enredaderas que se entrelazaban por todo su cuerpo.

-Hola Aurora. ¿que tal han ido las clases en la torre? -Preguntó Khoros mientras se acercaba a la mesa para apurar su ultimo trago de cerveza.

-Buenos días Massie, Khoros… Várian… -fue saludando a cada uno pero cuando se dispuso a saludar a Várian sus ojos miraron al suelo, apareció una leve sonrisa y él creyó que se sonrojaba. Después sus ojos se encontraron y rápidamente ella desvío la mirada hacia Massie que iba a por otra jarra a la cocina.

-Varían, parece que hubieras visto un espectro. -le dijo Khoros con una sonrisa burlona. Varían se había quedado toda la escena totalmente boquiabierto ante la aparición, no podía pensar en nada, había olvidado completamente donde estaba y solo podía admirar la belleza de aquella chica que entraba por la puerta.

-Estoy bien, estoy bien… no me habéis respondido aun. -Dijo mientras intentaba quitarse a esa chica de la cabeza, aunque le estaba costando bastante.

-El muchacho esta algo raro esta mañana, me parece algo normal cuando hoy empieza en la academia real su instrucción como paladín -Dijo Khoros a Aurora mientras terminaba la frase con una risita. -Hasta se ha desmayado dos veces y no me recordaba… ¡como si nunca hubieras visto un enano! – le dijo mirándolo, levantando un poco la voz más de la cuenta, pero era más porque estaba algo dolido que por enfado. -Es que nunca he visto uno… -pensó Varían no atreviéndose a decirlo en voz alta. De repente, asimiló lo que Khoros había dicho y creyó volverse a desmayar.

-¿Que has dicho? No, esto no puede estar pasando… -decía Varían mientras se sentaba en la silla más cercana a él y apoyaba su mano contra su cabeza. – Aparezco en este lugar en donde esta mi madre y lo que parece mi casa, conozco a un enano, me he ena… -no terminó la frase ya que Aurora giró la cabeza para mirarlo con expresión esperanzada. -y me voy a convertir en paladín… si esto es un sueño no quiero despertar jamas. -pensaba Varían mientras Khoros recogía su mazo del suelo. Eso era algo que no podía esperar, todo se iba acumulando, aparecer en este “mundo” donde todos lo conocían, la ciudad totalmente cambiada, e incluso había conocido a un enano, pero no podía creer que uno de sus sueños de todos los relatos e historias que había pasado largas horas leyendo con dedicación iba a cumplirse, convertirse en un paladín Un paladín es un guerrero ligado a la luz, un guerrero donde su vida se rige por la justicia y la protección de los débiles. Los paladines son guerreros natos en cuerpo a cuerpo e incluso había algunos que podían lanzar hechizos curativos y hechizos de combate para aplacar a sus enemigos. Sus enemigos mas notorios eran los no-muertos, pero Varían pensaba que los no-muertos serian tan irreales como los fantasmas o los duendes, pero al volver a mirar a Khoros y ver que era un enano, solo podía preguntarse si no estaba equivocado. ¿Que más le deparaba el futuro?.

Aurora no paraba de mirarlo con extrañeza ya que notaba algo raro en él. Como si algo de él hubiera desaparecido o no hubiera estado allí nunca. Pensó que sería su imaginación ya que estaría nervioso por su primer día de entrenamiento en el palacio de Stormcloud.

 

Várian se hallaba en la ciudad conocida como Stormcloud, la capital del reino. La ciudad se componía de cientos de casas donde mas de tres mil habitantes tenían su hogar. La ciudad estaba totalmente amurallada por una gran muralla que medía mas de 10 metros y alrededor de ella se componían mas de cincuenta torres de vigía donde los soldados vigilaban la paz. La ciudad tenía dos puertas muy bien salvaguardadas, una al oeste y otra al este de la ciudad y justo en el centro se encontraba el castillo de Stormcloud. El castillo se componía de varios edificios unidos en una única estructura dando así una visión de gigantez, en total se componía de cuatro edificios. Dentro de él, justamente en el centro, se encontraba la torre de los magos que era justamente la que había visto Varían al salir de la puerta, era la torre de aprendizaje de la magia arcana y elemental para magos y sacerdotes, que era los curanderos del reino. Otro edificio era el llamado “El escudo del león” donde se aprendían las artes del cuerpo a cuerpo y las artes del manejo del arco, ballesta y arcabuz. Era el edificio donde se entrenaban los guerreros y los paladines, siendo estos últimos elegidos por el general del ejercito. El otro edificio era el llamado “la guarida del cazador” donde solo podían entrar aquellos que su vida iba a ser regida a la servidumbre de la naturaleza, es decir, los principiantes a druida, mitad magos mitad guerreros, donde su especialidad es la de convertirse en animales para combatir o explorar terrenos.

Y el último edificio, el segundo más grande pero también muy espectacular, era el palacio del rey. Allí vivía el príncipe Derek, hijo del desparecido rey Dromter, a sus 8 años de edad ya estaba al cargo del reino ya que su padre desapareció en circunstancias extrañas.

 

Dentro de la torre de los magos, en lo más alto de la torre, un combate era librado donde solo sus protagonistas eran los únicos testigos.

-¡Cierra el portal ahora mismo, Zild’jian! -gritaba el aprendiz de mago mientras lanzaba un rayo de energía desde su varita mágica. El conjuro erró y fue a estamparse contra la dura piedra de la pared.

-¿Acaso crees que eres rival para mi, Loki?¿Acaso crees que eres capaz ni tan siquiera de rozarme la túnica con tus desastrosos hechizos de aprendiz? ¡El muchacho es mío! -decía el archimago Zild’jian mientras conjuraba un hechizo.

-Siempre he estado a tus ordenes, Zild’jian, pero esto ya es demasiado, no puedo permitir que sigas manteniendo abierto el portal hacia el plano de los demonios. ¿Que pretendes? ¿Que un demonio mayor arrase la ciudad? ¿Y todo por un muchacho de mediana edad que no tiene ni idea de este mundo? – le preguntaba mientras intentaba formular un contra hechizo, pero su condición de aprendiz limitó su conocimiento del hechizo que estaban intentado lanzar sobre él y perdió varios segundos muy valiosos.

Zild’jian fue mucho más rápido que él y conjuró su hechizo antes de que el aprendiz pudiera acabar el suyo y le dio de lleno. Loki se vio sumido en una telaraña tan espesa que era incapaz de moverse o articular palabra, ya que la telaraña también le había tapado la boca.

-Bueno, bueno, bueno… mi mas querido aprendiz Loki… así que intentando desbaratar mis planes… y pensabas hacerlo intentando romper mi concentración mientras tenía el portal abierto ¿eh?. El muchacho será mío y yo seré quien le robe su poder, ese maldito de Trkall tendrá que arrodillarse ante mí y después destruiré toda Stormcloud hasta el último cimiento -decía Zild’jian mientras le apuntaba con su varita al rostro.

-Te tenía por un buen aliado. Eras bueno. Aunque no tanto como yo pensaba.

Loki intentaba quitarse de encima la telaraña pero era totalmente imposible, sabía que su hora le había llegado. Zild’jian vestía una túnica larga de color purpura muy oscuro pero debido a su complexión débil y tan delgado como una pluma parecía que la túnica fuera a caerse de un momento. Estaba totalmente calvo y sus ojos tan hundidos que parecía que su cabeza fuera deforme. Zild’jian era conocido por poner duras reprimendas a sus aprendices que cometían el mas mínimo error en sus clases, pero aquello se podía considerar traición ya que intentar romper la concentración de un hechizo a un maestro podría causar grandísimos problemas al conjurador mucho más temibles que la muerte.

-No creas que esto se quedará sin castigo, Loki. No voy a matarte… ¡pero haré que desees estar muerto! – y cuando acabó de formular la frase, extendió sus manos hacia Loki y empezó a formular un encantamiento. Loki intentaba zafarse pero cuando empezaba a distinguir esas horribles palabras se quedó totalmente inmóvil de miedo porque sabía lo que se le venía encima. Zild’jian terminó el encantamiento y una nube blanca recorrió todo su cuerpo cubriéndolo completamente y cuando la nube se disipó donde debía estar su cuerpo solo estaban todas sus ropas de aprendiz de mago, pero algo dentro de las ropas empezó a moverse. Zild’jian se arrodilló ante las ropas de Loki y rebuscó con su mano huesuda entre ella y cogió lo que allí dentro se movía. Zild’jian había convertido a Loki en un pequeño ratón gris.

Se levantó y se acercó a su escritorio, abrió uno de sus múltiples cajones y sacó de uno de ellos una pequeña jaula de hierro. Abrió la puertecíta y metió dentro al pequeño ratón, y mientras cerraba la jaula una sonrisa diabólica se dibujaba en el rostro de Zild’jian.

-Nadie podrá parar al destino, ni tú, ni ese fastidioso de Tkrall. Ahora, te dejo, mi buen amigo roedor, pero no temas, deberías alegrarte por haber acabado así porque el encantamiento que he formulado te dará la vida eterna, podrás vivir sin comida ni agua durante toda la eternidad y pudriéndote dentro de esa miserable jaula… ¡una vida hasta el fin de los días como una rata inmunda! -Soltó una carcajada de triunfo mientras echaba encima un pequeño trapo de seda sobre la jaula dejando al pequeño Loki sumido en las tinieblas.

 

– Vamos Várian llegaremos tarde. -decía Khoros mientras recogía las pertenencias de Várian de su habitación. Consistía en una mochila bastante grande de cuero marrón claro llena de libros para la academia y comida para una semana.

– Khoros por favor escuchame. Yo en realidad no debería estar aquí y ademas ni siquiera se blandir una espada y… – decía Várian mientras intentaba inútilmente que el enano le escuchara o le prestara la más mínima atención. -¡Ah! ¡Cierto! Se me olvidaba lo mas importante, aquí tienes. -decía el enano mientras se metía a la cocina. Cuando Khoros salió de ella llevaba en la mano una espada larga en una funda de cuero negro con remaches en platas. Era una espada a dos manos con una empuñadura larga donde la empuñadura acababa en un detalle en forma de cabeza de caballo. Aurora seguía sentada a la mesa hablando animadamente con Massie, la madre de Várian, sobre el día que tendrían hoy. Massie y Aurora eran muy buenas amigas y Messie sabía que Aurora estaba enamorada de Várian pero no se decidía nunca a decírselo abiertamente.

– Algún día tendrás que decírselo ¿no?… no vaya a ser que venga otra muchacha hermosa y te lo quite de las manos… – susurraba Massie tendiéndose sobre la mesa para que solo Aurora pudiera oírla mientras ahogaba una risita.

– Estoy enamorada de él desde hace más de un año y la verdad es que no me atrevo, él siempre me ha visto como su hermana pequeña, aunque hoy está algo cambiado, ¿lo has notado? – respondía Aurora acercándose al oído de Massie.

– Solo serán los nervios de su examen, yo no le daría mas importancia. – dijo intentando quitarle hierro al asunto.

Várian se acercó para ver mejor la espada contemplando su forma y deseando desenvainarla. Un sentimiento nuevo le recorría la espina dorsal, como un escalofrío frío, era como si su cuerpo intentara recordar algo que hacía tiempo que no estaba en dentro de él.

– Tal y como te prometí. La espada de tu tío Wrynn. La tuve que llevar al herrero de la corte para que pudiera arreglar las imperfecciones ya que estaba bastante mellada por el tiempo que ha estado sin usar. – decía Khoros mientras la desenvainaba. Al desenvainarla un sonido metálico recorrió toda la hoja dejándola temblando por un segundo debido a la fríccion de la nueva vaina. En realidad el mismo Khoros la había vuelto a forjar de los pedazos de la antigua espada de Wrynn mezclando acero de las minas de su tierra Ironstone y algo de adamantita que había conservado para la ocasión, pero no se atrevía aún a decirlo abiertamente estando delante Várian. Su tío había muerto en una incursión junto al enano, un mago y un druida. Fue una misión de exploración ya que habían llegado noticias de la frontera entre Stormcloud e Ironstone que se estaba apostando un ejercito formado por trolls y orcos para invadir Stormcloud. Fueron descubiertos por un pícaro no-muerto que realizaba su turno de vigía y no los hubieran visto a no ser por la ineptitud de aquel mago. ¿A quien se le ocurriría invocar un elemental de agua? Siempre que recordaba aquella escena solo podía mas que maldecir a aquel hijo de trol. Desde que los unieron para la misión no le había caído nada bien, su forma de mirar a su compañeros parecía casi diabólica y al compararlo con la bella Aurora no podía mas que dudar de él. Khoros mantenía que habían sido traicionados por aquel estúpido, pero el mago alegó que fue necesario. No dijo ni la razón, solo lo invoco sin venir a cuento. En la batalla, un hechizo errado de algún mago enemigo fue a darle de lleno y lo único que quedó de él fueron sus botas humeantes en el suelo y su espada totalmente quebrada en el suelo. En la batalla, Khoros se hizo una gran herida en la espalda a causa de un zarpazo de un trol gigante que le pilló desprevenido, esa era la causa de su gran cicatriz que nunca mostraba a nadie por vergüenza. La cabeza de aquel trol gigante descansaba en la pared de su casa en Ironstone. Después de aquella batalla, donde el único superviviente fue él, recibió el sobrenombre de “Khoros, Terror de Trolls”.

 

Khoros se sentía orgulloso del trabajo realizado en la nueva espada de Várian. Le había llevado más de tres días de dedicación pero la amistad que unía al enano y al tío de Várian había sido muy fuerte. Era una espada totalmente normal para ellos pero a Várian le parecía preciosa. Mucho mas bonita que todas las imitaciones que tenía colgadas en las paredes de su habitación.

Várian la cogió y sopeso su tamaño, haciéndola girar sobre su cabeza. Sus movimientos eran por pura intuición, se sentía como si una gran fuerza le recorriera el cuerpo y lo único que pudo hacer fue darle las gracias a Khoros.

– Es impresionante… pero esto no cambia nada de lo que estaba intentando decirte. Tienes que hacerme caso, en realidad yo solo soy un amante de las historias fantásticas, nunca he blandido una espada y… no creó que pueda ser capaz de convertirme en paladín. -decía Várian mientras envainaba la espada y se la devolvía a Khoros.

– Seguro que esto es por culpa de aquel trono… -se decía a si mismo totalmente desesperanzado. Al levantar la vista descubrió que todos lo miraban extrañados.

– ¿Como era aquel trono, Várian? -le preguntó ansiosa Aurora a Várian.

– Pues… mmm… bastante oscuro, con una gran cadena alrededor de él, y en sus respaldos tenia una cabeza de dragón cada una. Apareció de repente en la ciudad y fui a verlo. Una voz cálida me decía que me sentara en él y cuando lo hice caía en una tremenda oscuridad y al despertarme estaba aquí… -respondió Várian intentando recordar los detalles del trono. Se le hacía raro no poder recordarlo tan nitidamente como hacía unas horas.

 

– Me suena mucho esa descripción. Recuerdo haber leído algo sobre él en la biblioteca que está en la torre. Si quieres puedo ir a ver que encuentro sobre ello. -le dijo esperanzada de poder ayudar a su amado en algo, cualquier excusa para conseguir alguna palabra de agradecimiento de Várian sería una gran recompensa para ella.

– ¿No te importa? Me gustaría mucho… muchas gracias Aurora… -le respondió Várian mientras miraba hacia el suelo y se rascaba la cabeza en un gesto de agradecimiento tímido.

Aurora se levantó y volvió a ponerse la capa blanca, abrió la puerta, se despidió de todos con un gesto de la mano y salió rumbo hacía la biblioteca de la ciudad. Mientras, iba pensando que haría todo lo posible por descubrir que estaba pasando, notaba a Várian demasiado cambiado. Sería mejor descubrir algo sobre aquel trono que había mencionado, aunque deseó haberle preguntado algo más sobre el tema, pero Várian ya llegaba tarde al examen.

– ¡Por los dioses Várian vete ya o llegaras demasiado tarde! -le espetó su madre mientras le colocaba su capa marrón y le colgaba la espada al cinto. Cogió a Várian y fue empujándolo hasta la puerta. Él intentaba darse la vuelta para poder hablar con ella pero le fue imposible, y cuando quiso darse cuenta, ya estaba fuera de la casa, con la puerta cerrada y Khoros a su lado llevando su mochila.

Várian suspiró y miró a Khoros con aire dubitativo. Khoros le devolvió la mirada con una gran sonrisa y empezó a andar hacía el castillo. Várian no estaba muy por la labor, pero no podía hacer otra cosa que seguir la corriente, ademas, aquel sitio no estaba nada mal, era como estar en un sueño, siempre había deseado por vivir junto a elfos y enanos y librar grandes batallas así que decidió quedarse hasta saber las noticias de Aurora que pudiera traerle de aquel endemoniado trono oscuro.

Caminaron un largo trecho hacía el castillo. Várian no podía hacer más que mirar todo lo que había alrededor. Parecía estar viviendo en un cuento de fantasía. Vió a un elfo de largas orejas hablar calurosamente con una mujer con un gran sombrero púrpura. Olía toda clase de olores debidos a las tabernas cercanas. Era totalmente como había soñado. Una ciudad llena de elfos, hombres y enanos donde por lo que parecía existía la magia.

Se detuvo en seco al notar que algo estaba intentando tocar su bolsillo del pantalon por detrás y al darse la vuelta no vio a nadie, así que siguió andando creyendo que había sido su imaginación. Por delante iba Khoros saludando con la mano y con una frase de saludo a aquel que lo saludaba o le dedicaba una sonrisa. Parecía ser bastante conocido por toda la ciudad.

Volvió a sentir unos dedos tocando su bolsillo y esta vez siguió andando hasta cerciorarse de que no era su imaginación y dando un salto se giró en redondo lo más rápidamente que pudo… pero no vio a nadie. Solo oyó una pequeña risita debajo de él, una risita muy dulce.

Cuando bajó la mirada pudo ver dos gigantescas coletas de color rosa que se sostenían por dos pasadores circulares de cuero verde. Vio un par de ojos grandes también verdes y aquella personita seguía riéndose mirándolo complacida. Medía no mas de un metro pero sus ojos eran gigantescos. Era una gnoma.

Vestía con una camisa de cuero negra llena de tiras de cuero superpuestas a la camisa con muchas hebillas, algunas se entrelazaban entre otras dando la impresión de que la camisa no era más que en realidad un montón de tiras de cuero puestas juntas. Unos pantalones del mismo color sujetos por un gran cinturón el cual asomaba una gran hebilla tachonada de hierro, unas botas oscuras y unos guantes oscuros.

– ¡Estabas intentando robarme! – gritó Várian. Para su sorpresa, la gnoma estalló en una carcajada que parecía una risa de una niña muy pequeña, su risa era dulce y aterciopelada pero tenía un toque picante. Sabía que no era una niña porque al mirarla mejor pudo adivinar un busto bastante prominente debajo de esa camisa de cuero.

– Tu siempre tan dramático, Várian – decía mientras volvía reírse de aquella manera infantil.

– ¿Perdona, nos conocemos? – le preguntó algo avergonzado.

– Várian, soy yo, tu queridísima amiga Marian Fuegochispa – volvió a reirse.

– ¿Ya estas otra vez con las tuyas Márian? – preguntó Khoros a la pequeña gnoma. Se había dado vuelta después de haber oído el grito de Várian.

– vamos, vamos, tampoco es para tanto… ya sabéis que tengo que practicar… – le guiñó un ojo a Khoros y le saco la lengua a Várian y antes de que pudieran decir algo más desapareció en una pequeña explosión seguida de una nube gris.

– Siempre igual de impertinente esta mocosa… – dijo Khoros mientras retomaba el camino hacía el castillo.

Várian se quedo pensando en la pequeña gnoma hasta que se dio cuenta que era la primera vez que veía un gnomo con sus propios ojos así que no pudo mas que esbozar una sonrisa de felicidad.

Márian Fuegochispa era una pícara en prácticas perteneciente a la hermandad de ladrones y asesinos de Stormcloud. Hacía poco que había pasado su examen de ingreso y ahora se dedicaba a los pequeños hurtos entre la población para ganarse el respeto del jefe, el gran Grondir, jefe de los asesinos. Quería convertirse en la ladrona mas respetada de la hermandad y para ello debería lograr alguna cosa valiosa en la ciudad. De vez en cuando, molestaba a sus amigos tan solo para practicar el arte del sigilo, que era el arte de volverse invisible, pero casi nunca les robaba nada, solo cuando ellos no miraban.

Khoros y Várian llegaron al castillo después de diez minutos andando por el empedrado camino subiendo la colina donde se encontraba en lo alto. Al llegar, Várian quedó maravillado por la inmensidad el castillo. Apostados en la inmensa puerta estaban dos guardias fuertemente armados, llevando una gran armadura blanca con una cabeza de caballo azul dibujada en el pecho. Portaban una alabarda larga cada uno y miraban a los viandantes con despreocupación.

En la puerta había un gran cartel que iba de una punta a otra de la puerta donde se leía con grandes letras mayúsculas “Bienvenidos Principiantes” en color dorado.

Khoros flanqueó la puerta directo hacia el edificio dedicado a los guerreros y paladines y armándose de valor Várian flanqueó la puerta siguiendo muy de cerca al valeroso enano.

Y aquí, es donde comienza la aventura…

 

 

Continuara…

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