Ninguno de nuestros sueños se hará de plata. (Relato. Yuste.) 26/05/09

mayo 26, 2009 at 10:17 am (Relato.)

Es como un susurro. Como un suspiro. Como un no que se agota.

Pasa delante de mí, delante del espejo de mi mirar, y el cielo se abre y me siento gilipollas.

-¿Te pasa algo?- me pregunta.

-No, no me pasa nada.

-Pues nada, tú siempre con tus misterios-se ríe. Sabe que no suelo abrir la boca. Sabe que suelo callarme. Sabe que indago en el fondo de cada uno pero mi interior no hay quien lo toque, porque sólo hay…

-Todo el mundo tiene sus secretos. Todo el mundo se los merece.

-Pero hoy hace un buen día, y el sol brilla y todas esas cosas. ¿Por qué lo pintas todo siempre tan tenebroso? Anda, pidete otro tercio, a ver si así te alegras un poco y lo sueltas.

-No me pasa nada. Simplemente estoy cabreado.

Ella abrió los ojos como platos.

-No me mires así-le repliqué.

-Bueno, pues vale. Pero por una vez que te lanzas…-Miró hacia el cielo, distraída. Las nubes tomaban forma de incógnita.

-Es la inspiración.

-¿Qué te pasa?-se extrañó- Últimamente escribes mucho, y bien.

-Ese es el problema. ¿Sabes cuando un escritor escribe bien? Cuando está inspirado. ¿Y sabes cuando está inspirado? Cuando siente la bofetada de la impotencia atenazándole los malditos sentimientos. Y yo me encuentro así, ahora mismo.

-¿Pagamos y me lo cuentas por el camino? Se me va a escapar el autobús.

No tenía ánimos ni para contar las monedas. Abrí la cartera y dejé lo de ambos.

-No hace falta-me dijo ella.

-El dinero es dinero-triste, pesado, tan gris como los misterios.- El dinero es dinero-repetí.

-Hoy estás especialmente raro-observó emprendida la marcha tras sus oscuras gafas de sol.

-Ya se me pasará, tranquila.

-Pero no te pases de listo…-apuntó mientras cruzábamos la calle y el susurro de pasos, palabras, y ruedas, atormentaba mi garganta y golpeaba mis pensamientos, lubricándolos con ácido sulfúrico.

-Vale, vale. Escribo cuando algo me va mal, cuando veo algo imposible, como si mis metas fueran un mito, o como si fuera Zeus a punto de recibir la noticia de que no existo. Así me siento. Me veo incapaz de seguir adelante.

-No sé, ¿acaso no es tu sueño ser escritor?

-¿Ser escritor? Con que me leas tú ya me siento conforme.

-No seas tonto. A muchos les gusta lo que escribes.

-Y a muchas-bromeé.

Siempre bromeando, incluso atravesando ese arco, con el sol acariciando su rostro blanquecino como la fría nieve de su tacto, y su cabello rezumando ilusiones de cristal.

-Sí, y a muchas. Entonces, ¿cuál es el problema? ¿Qué es imposible?

-Las musas.

-¿Las musas?-se preguntó.

-Sí. Esas niñas que me obligan a agarrar la pluma y escribir y escribir y escribir como si se me fuera la vida . Pero en realidad se me va la vida por ellas-confesé, como si el tema no fuera con ella.

-Eres todo un romántico. Mujeriego, pero romántico-aclaró ella entre risas mientras llegábamos a la gran vía y apartabamos a tortazos los ciento de torpes que nos impedían cumplir nuestra misión, con su sucio aliento a ignorancia, y sus envejecidas ideas, como papiro antiguo.

-Los románticos se mataban a los 20 años. Yo nunca moriré por una mujer.

-Pero sigues siendo mujeriego.

-Siempre lo seré. Sin embargo, hay algo en lo que te equivocas-A veces me ponía demasiado serio. Esta era una de esas veces.

-¿Por?

-Porque no me interesan varias mujeres. Me interesa una.

Y durante un segundo era la mujer.

Nos detuvimos, esperando a que la bruja pasara y la arrancara de mi lado, sin poder hacer nada. El tiempo corría y mi corazón padecía las consecuencias.

-¿Quién es esa mujer?

¿En qué momento se quitó las gafas para quedar prendado por su mirada? ¿En qué momento decidí quitarme la careta y mostrarme como un gilipollas?

-Ninguna-contesté.

Y sacando fuerzas de dónde el bebé aprendió a llorar, acaricié su mejilla, tan cálida, tan pálida, tan hermosa, y acerqué sus labios a los míos, tan lejanos como dos cordilleras, una enamorada de la otra, y su cintura, y su perfume, y su cabello…

Solo cuando estuve apunto de despertar, comprendí que ese instante era poesía, que era mi musa, que era la niña que me ayudaba a cumplir el sueño de ser escritor.

-¿Qué?

Quería saber porqué me había alejado de ella sin siquiera haberla besado. Quería saberlo. Y yo, que lo sabía, no quería reconocerlo.

-Ninguna-contesté-. Ninguna.

Y me alejé de allí entendiendo, con una sonrisa estúpida, que ninguno de nuestros sueños se hará de plata.

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1 comentario

  1. Dana Andrews said,

    Pues… me has emocionado. Es que me siento muy identificado con ese escritor que “ya le vale con que sólo le lea ella” y que necesita escribir “como si en ello le fuera la vida”. La verdad, es que si éste relato tiene algo de autobiográfico tenemos bastante en común jeje… Bueno, un placer leerte y me gustó mucho todo, cómo lo describes… como, por ejemplo, Zeus justo antes de enterarse de que no existe. Muy bueno

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