Vamos a contar mentiras (Cuento. Elaine Holmes). 05/05/09

mayo 5, 2009 at 10:51 pm (Cuento)

La verdad es bella, sin duda, pero las mentiras también lo son.

(Ralph Waldo Emerson)

La vi llegar, con su vestido de seda verde y sus labios encarnados, a la misma fiesta a la que había sido invitado yo. La vi llegar algo despeinada, buscando un espejo discretamente para comprobar los destrozos del viento, que eran mínimos en su elegante cabellera. La vi llegar y pasar por mi lado, y me miró sin reconocerme. Lógicamente no me había reconocido, había pasado tanto tiempo y tantas cosas que lo sorprendente era que yo la hubiera identificado nada más verla. ¿Por qué habría de recordar ella un amor de verano después de tantos años? La respuesta era obvia y me dolió deducirla, así que la eliminé de mi mente en aquel feliz momento.

Dejé de hablar con un aburrido escritor con el que me entretenía y me dediqué a deambular entre los corrillos para averiguar con quién había venido a la fiesta. Ella no encajaba en ese ambiente. Bueno, si lo pienso, yo tampoco.

De mi persona no hay mucho que contar. No era nadie, como todos al principio. Me dediqué a escribir gilipolleces por las que la gente pagaba y entonces un ente invisible llamado sociedad decidió que yo existía, que tenía un nombre, que debía ser alguien, ganar dinero de forma ridícula (como ridículo es todo lo relacionado con el dinero) y pasear mi sonrisa de lobo y mi lengua viperina por fiestas como aquella. Podría decirse que los colegas del gremio, ya fuera por mis halagos o mis pullas, me apreciaban un poquito.

No se me ocurría ni la más mínima razón por la que Clara estuviera allí. Ella no escribía, tampoco estaba relacionada con el mundo editorial, sólo leía best-sellers durante el verano y los olvidaba pasado el invierno. Lo mejor que se me ocurrió hacer fue acercarme y tropezar casualmente con ella.

—Oh, discúlpeme.

—No es nada —, primero respondió sin pararse, pero se volvió del todo hacia mí y me miró con cierto interés. ¿Me habría reconocido? —. ¿Es usted el señor Tristán Jiménez, el escritor?

Reflejaba la curiosidad de una completa desconocida. Eso éramos: desconocidos.

—Bueno, ése es mi pseudónimo y así me llaman los amigos, así que debo responder que sí, señorita…

—Clara.

—Encantado, Clara. Déjeme adivinar, ¿es usted amiga del señor Le Branche?

—No, la dueña del local me invitó. Me habló de un cóctel y de varios escritores. El único nombre que me sonaba de algo es el suyo —, y esbozó una tímida sonrisa al añadir—: Si le soy sincera, tenía curiosidad por conocerle.

— ¿A mí? —, alcé las cejas como un cómico.

— ¡No se burle, hombre! —, se le escapó la sonrisa entera por la boca.

— No me burlo, es sólo que… ¿a qué debo tanta notoriedad?

— A sus novelas, por supuesto. Las he leído todas.

No encuentro nada más gratificante que alguien me hable de las emociones y pensamientos que le causaron mis palabras. Pero el egocentrismo no es el eje de mi vida, no se confundan, disfruto de los pequeños placeres y de las casualidades universales en este mundo cruel donde todos hemos sido puestos sin que nadie nos preguntara si queríamos formar parte, lo que nos ha hecho expertos hipócritas. Y el que diga lo contrario, es un hipócrita renegado.

A Clara no le salía mentir, y cuando le salía, siempre optaba por decir la verdad, por eso siempre la tuve presente en mis recuerdos. Era diferente al resto de la gente, y si ella me estaba hablando como si fuera la primera vez en la vida que nos veíamos, es que así lo creía. Le seguí el juego, no me planteé por qué. Tal vez mi cerebro tenía muy asumido que yo era una persona diferente, que Clara era de las personas que habían quedado atrás en mi anterior vida, que no podía mezclarlo todo cuando me diera la gana. No lo sé exactamente.

La noche fue inesperadamente divertida. No hablé con nadie más que con Clara, revelándole las verdaderas personalidades de los invitados que nos rodeaban, riéndonos de los atuendos horteras y de los chismes morbosos. Cuando llegó la hora de despedirnos, muy habilidoso yo, le ofrecí compartir el taxi como un caballero y de paso averiguar dónde vivía. Ella aceptó, sabiendo que no eran horas para que una mujer anduviera sola por ahí. Nos intercambiamos los teléfonos antes de que ella se bajara en su hotel, algo normal en una ciudad tan ajetreada y llena de vida social como en la que vivo.

Antes de lograr dormirme aquella madrugada, vi las estrellas más relucientes, las calles de rascacielos menos agobiantes, mi vida menos falsa. Todo empezaba a cobrar sentido de un modo inexplicable.

Pero las cosas que se planean por la noche no son tan fáciles de llevar a cabo por la mañana.

A los dos días, la llamé para almorzar porque “me aburría y no conocía a nadie más en esta parte de la ciudad”. La conocía lo bastante para saber que ella no daría el primer paso, pero no la llamé al día siguiente para no pasarme de listo, y tampoco tenía la seguridad de que yo, Tristán el escritor, le gustase. Las conversaciones eran las habituales: a qué te dedicas y con quién sales. También están las variantes de a qué te dedicabas antes de esto y con quién salías antes de ese otro, combinados con alguna alusión a la familia, los planes de futuro y mis comentarios apostillados en el momento exacto para hacerla reír. Después dejé pasar otros dos días cada vez que quise invitarla a comer, a tomar café y a cenar, avanzando en la franja horaria y en mis planes pero sin hacerla sentir atrapada en la tela de araña. Yo sabía que dos días era el tiempo exacto: un día no es suficiente para desintoxicarnos de la costumbre, pero con dos días se despierta el deseo. De tres días en adelante, sólo se despiertan dudas.

Me agradó comprobar que Clara había cambiado en muchos aspectos, pero seguía conservando esa pureza de espíritu y esa energía que la caracterizaban. Tardé poco en convertirme en un confidente y un guía en el mar de pirañas que nos rodeaba. Ella siempre pensaba bien de todo el mundo y yo tenía a la gente por culpable hasta que se demostrase lo contrario, así que conocer gente nueva cuando salíamos era divertidísimo.

Mi comedia estaba resultando y me relajé, creo que demasiado. Tan sólo una vez se acercó Clara al escenario para revelar los trucos del ilusionista.

—Oye, no me has dicho cuál es tu nombre de verdad.

Estábamos en una librería donde yo tenía que comprar papel y tinta y Clara se acercó a una pirámide escalonada formada con mis novelas, cogiendo la primera en sus manos. Yo me volví, pillado por sorpresa, pero sin que se me notara.

—Todo el mundo me llama Tristán. De hecho, cuando quise renovarme la tarjeta de identidad, el funcionario se negaba a creer que yo no fuera otro que Tristán Jiménez.

—Me hago cargo de la situación, pero tengo curiosidad —, me sonrió tan cándida.

—No me obligues a decírtelo, es uno de esos nombres espantosamente vulgares que sólo mi madre pronuncia todavía. Tristán es mucho más romántico, me siento identificado —, y le alcancé un ejemplar de Tristan e Isolda basado en la versión de Béroul.

Ella rió, yo reí y enseguida la conversación se fue por otros derroteros y el espectáculo continuó sin más percances. Se ve que cuando me veo rodeado de libros me salen mejor las mentiras.

Cuando Clara pasó la primera noche en mi casa, juro que no fue premeditado. Al menos, no por mi parte. Bailando en un club que acababan de inaugurar en la zona sur, no nos dimos cuenta de la hora, se nos pasó la hora del metro y no pasaba ni un maldito taxi. Decidimos volver andando y mi casa estaba razonablemente más cerca que la suya. No quería alterar el ritmo natural y la invité a pasar hasta que llamáramos a un taxi desde mi teléfono. Fue ella quien me sugirió si era mucha molestia que se quedara a dormir. Enseguida tiré del sedal y le dije que tenía una habitación de invitados digna de una suite de hotel, aunque intuí que nos íbamos a quedar en el sofá. No me equivoqué.

Me desperté antes que ella, un privilegio que aproveché para observarla y pensar.

Era obvio que nos estábamos enamorando, aunque no habíamos utilizado esos términos entre nosotros. Me pregunté si la ficción perfecta que había montado por y para Clara sería lo bastante estable. Lo había hecho miles de veces para los personajes de mis novelas, ¿tan difícil sería hacerlo realidad? El problema radicaba en que soy incapaz de estar enamorado y pensar a la vez.

El sol se reflejaba en su pelo cambiándolo de castaño oscuro a pelirrojo, todo un truco de magia que me tenía fascinado, hasta que me puse a recordar el sol de aquel verano y la chica que era Clara.

Recuerdo que un día me acerqué a ella en la playa y le solté que, como se llamaba Clara y siempre estaba radiante, el sol debía de ser su aliado. Ella se rió, probablemente porque no sabía si ignorarme o hablarme. No sé de dónde saqué las hormonas para piropearla así, pero surgió efecto y le pedí que me acompañara a la famosa noche de las hogueras que se celebraba cada agosto. Fue un buen verano… mejor dicho, el único bueno de mi vida.

Ahora sentía que de algún modo se me concedía una segunda oportunidad. Sabía que podía hacer feliz a Clara, que nos entendíamos mutuamente, y una muestra de ello la había vivido la noche anterior: cada gesto sutil que hacía uno era captado por el otro, las manos y los labios hablaban entre ellos y los movimientos eran exactos. Y he estado con las mujeres suficientes para darme cuenta de cuándo estoy enamorado y cuándo no.

Mirándola dormir de espaldas al sol, me dije que iba a recuperar el tiempo perdido. Si Clara no estaba enamorada de mí en aquel momento, sería cuestión de tiempo que descubriera que estábamos hechos el uno para el otro. Tal vez yo tuviera miedo de afrontar la verdad, pero hice lo que buenamente pude.

Pasamos juntos muchos días y aún más noches. Clara me decía en broma que empezaba a desatender a mis amistades literarias y que mi editor estaba cabreado, pero me daba exactamente igual si podía estar con ella más tiempo.

— Tristán, dime algo que recuerdes de cuando tenías quince años.

Es una de esas tardes ociosas en que nos quedamos leyendo en mi casa, Clara deja su libro a un lado y se apoya en mi hombro. Noto, sin embargo, que no está muy relajada, así que yo también me he puesto tenso ante el mal presentimiento que tengo, y mis alarmas se disparan cuando ella habla.

—Pues… —, yo también aparto lo que estaba leyendo—, ahora mismo… creo que cuando mi abuelo me acompañó a recoger mi primer premio. Era muy importante para mí. No sé si te he dicho lo unido que estaba a mi abuelo…

—Sí, sí que lo has hecho —, suspira ella, separándose de mí con un mohín de disgusto—. Yo estaba pensando en algo más… sentimental. Dónde ibas de vacaciones, por ejemplo.

No me atrevo a mirarla a los ojos en este momento. Se me acelera el pulso, temo que ella pueda oírlo. Ha llegado la hora de ser valiente.

—Yo… iba de vacaciones cada verano a un sitio diferente, no me acuerdo de todos… Florida, Hawai, California…

—Así que no te acuerdas —, me obliga a mirarla a la cara.

—Eh, ¿qué te pasa?

—Dios, pasa que mientes increíblemente bien —, suelta de golpe, como una bomba nuclear que cae sobre mi apartamento y me deja sin respiración unos segundos—. ¡No me mires así! He intentado seguirte el juego, pero ya no puedo más. Quiero pensar que lo haces con buena intención, pero ya no me gusta no saber lo que piensas. Y hasta tú mismo empiezas a creerte tus propias mentiras.

—Clara, yo no sé de qué estás hablando exactamente…

— ¡Por favor, Juan! Sabes de sobra a qué me refiero —, a juzgar por su fiera mirada y su tono alterado de voz, Clara no entiende de qué me sorprendo—. ¿O acaso creías que fui a esa fiesta porque leí tus libros y ya está?

— ¿Por qué fuiste, entonces?

—Porque supe que eras tú —, se suavizan su voz y sus gestos, acercándose a mí—. Estabas en cada página, en cada frase, supe enseguida que la persona que había escrito aquello era aquel chico que conocí en El Cabo un verano. El mejor verano de mi vida. Y tú no te acuerdas de nada, pero dices que me quieres. ¿Cómo vas a quererme si ni siquiera te acuerdas…?

— ¡Sí que me acuerdo! Me acuerdo del pueblo, de la feria, de cuando aquel capullo te invitó a bailar y casi me parte la cara por meterme en medio, de la noche de las hogueras… Clara, espera, ¿qué estás haciendo?

—Me marcho. Eres un maldito embustero.

—Puede. Pero te quiero, esa es la única verdad que merece ser dicha.

— ¿Cómo puedo creerte? —, dice en voz baja. Busca su móvil sin mirarme a la cara.

—Eh, no seas hipócrita —, le digo, y ella me mira esta vez, pero con ganas de darme una bofetada. Me arriesgo a seguir hablando—: Tú también has mentido para acercarte a mí, todo este tiempo me has tomado por imbécil. Yo te he mentido porque te quiero y, además, inventar mentiras es mi trabajo, se me da muy bien y nunca lo hago con mala intención. ¿Es que no lo ves? Somos tal para cual.

—No te atrevas a insultarme así —, replica ella, dolida —. Yo no quería mentirte, es que no tuve ocasión de decirte que ya nos conocíamos. Te he dado la oportunidad de decir la verdad y me has mentido sin ninguna razón. ¿De qué coño tenías miedo?

Justo ahora me quedo sin palabras. ¿Cómo he montado todo esto yo solo? ¿Es sólo por miedo?

—Yo… no sé cómo… no, espera, Clara, por favor…

Ella ya ha cogido su bolso y se dirige hacia la puerta, sin dejar que las lágrimas caigan, pero mirándome a los ojos. La sigo, me pongo en el umbral. Ella suspira antes de hablarme.

—Has cambiado demasiado, Juan. Creía que sólo era un papel que estabas representando, pero no te quitas el disfraz ni en tu propia casa. Si no eres capaz de decirme la verdad, no quiero volver a verte —, y me deja hablar, pero no digo nada, no soy capaz. Ella se hace paso y yo vuelvo a mi vestíbulo—. Pues que te vaya bien, Tristán.

Y cierra de un portazo que retumba en mi estómago durante un rato.

—La verdad es que te quiero.

Pero la verdad es sólo un susurro que se perdió entre las paredes.

Cuando vuelvo a tener conciencia del tiempo y el espacio en el que estoy, veo sobre el escritorio un papel en blanco. Me siento; la cabeza ya para de darme vueltas y las palabras vuelven a mí, así que empuño la pluma y empiezo a escribir.

—Vamos a contar mentiras, Tristán —, me animo en voz alta.

Esta es la única frase que me viene a la mente:

Érase una vez un hombre tan rematadamente estúpido que se creyó obligado a elegir entre el amor y la verdad…

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2 comentarios

  1. yonamoe said,

    Me ha gustado bastante. Un relato difícil de escribir pero con mucho talento.

  2. Dana Andrews said,

    Muy bueno, buenísimo Elaine Holmes… lo triste es que me veo reflejado en el protagonista. Hace poco me dijeron que debería haber protagonizado “Mentiroso compulsivo”… en fin… Hay frases verdaderamente buenas que se me han quedaod grabadas: “pero los planes que se hacen de noche no son tan fáciles de llevar a cabo por la mañana”… o el truco de magia que recrea el sol en su cabello… ese truco de magia creo que es de los más bonitos que existen… Bueno, relato precioso.

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