El cuarto esférico. (Relato. Bujum.)30/4/09

abril 30, 2009 at 1:15 pm (Relato.)

 

El murmullo cesaba. La luz… si es que la luz había estado allí en algún momento, se extinguió. Recuerdo… recuerdo esos haces atravesando su pelo, filtrándose a través de sus palabras, reflejándose en sus ojos, y atravesando su corazón. Esos haces brillantes, ahora muertos, no volverán jamás, no me permitirán nunca más bucear en sus ojos, ni leer su alma. Por que yo les he pedido que no lo hagan. Tampoco había oscuridad. Nada giraba, nada se movía, nadie hablaba, no había nada. Ni siquiera la soledad se había atrevido a poner allí un pie. Porque yo… porque yo le pedí que me dejara a solas. Ni mis pensamientos, ni mi voz, ni mi cuerpo me acompañaban en este viaje, en el que no iba a ninguna parte. En realidad, la única forma de estar en todos sitios. Y a pesar de no ver, y de no poder oír, ni tampoco poder alzar mi voz en la ausencia del silencio… porque no había ruido, no sonaba una melodía, ni tampoco me oía pensar. Simplemente, cuando todo está en silencio, él está ahí, levantando esa especie de murmullo que te acompaña para que nunca, nunca, te sientas solo. Pero yo le había pedido que se marchara, que estuviera con otra persona que quisiera su compañía. Porque yo, no. Y poco a poco, esa oscuridad desligada de todo color, devoradora de materia, de realidad, me iba inundando, se comía los límites de mi forma, y los difuminaba, otros los borraba, y otros los estiraba hasta que se hacían invisibles y se fundían en el infinito explotando sin sonido en una incontable cantidad de nada. Y paulatinamente sentía como su tacto frío llegaba hasta mi cabeza. Me estremecí por última vez, sin sentir movimiento alguno. Mi estremecimiento debió surgir en algún lugar lejos de allí, quizá desencadenando la caída de una hoja. Caía, sentía el movimiento. Apenas me sentí una partícula inerte cuyo color, textura y forma se perdía en un suspiro. Y al darme cuenta de esto, esa partícula voló, y…

 

En algún lugar del universo una espiral surgida de la nada giraba y se agrandaba arrasando a su paso cualquier atisbo de normalidad, anormalidad, pensamiento, verdad… o mentira. Devoraba la realidad. Un espíritu observaba curioso el sinfín de formas que se dibujaban en su superficie, como si fuera una enorme bola translúcida donde se sucedían extrañas y engañosas figuras que gritaban, reían, lloraban, corrían, y todo de una forma escandalosa. Era como si hubiesen exprimido una mente humana y todo su contenido se hubiese colocado cuidadosamente en forma de pantalla esférica, donde los pensamientos, ideas, memorias, y todo su contenido pudiese vagar libremente. No se había visto nunca nada igual. Era como si un humano hubiese sido capaz de crear un agujero negro con la fuerza de la inmensidad de su mente. Nadie sabía cuán peligroso podía ser intentar atravesar dicha barrera. Uno podría quedar perdido para siempre entre los interminables y vertiginosos laberintos de la mente. Podría hallarse en recónditos agujeros nunca explorados ni utilizados. Ser devorado por los recuerdos del humano. Una gran congregación de seres invisibles del aire, almas, acompañantes silenciosos, pequeñas partículas… todos, se habían reunido, fascinados por las imágenes entrecortadas de aquella mente humana. Eran confusas, y mudas. Algunas figuras solo gritaban. Otros murmuraban en voz baja, y otros lloraban con alma desgarrada. Eran de diversos colores: los más oscuros correspondían a los lentos recuerdos dolorosos, y los colores brillantes a los frenéticos saltos vertiginosos de las figuras danzantes. Y la bola se expandía cada vez más. Y, de pronto, inesperadamente, apareció un leve zumbido agudo, que subía un momento, se detenía, y volvía a subir, y hacía cabriolas y daba vueltas sobre sí. Era el tiempo, un segundo, y luego otro, empujado por el de atrás, y este a su vez llevaba a otro de la mano, que lanzaba en un impulso, hasta que, en un descuido, fue lanzado un segundo a la superficie de la bola, la cual lo absorbió inmediatamente, cesando el zumbido al momento, y sumiéndose el mundo en un instante congelado…

 

La pequeña fracción de tiempo atravesó velozmente aquel mundo inhóspito cargado de cadáveres de realidad que intentaban aferrarse sin éxito a él creyendo que podrían regresar así a la vida. Corrió y corrió, intuyendo un pequeño halo de existencia en algún lugar en el centro de aquella enormidad. Y cada vez se apagaba más.

La oscuridad se volvía espesa, era difícil traspasarla, pero un pequeño rayito de luz la atravesaba débilmente, como una bengala de socorro. Alguien gritaba en alguna parte, pero no había un soporte donde sostenerse. Aquel segundo comenzó a crear nuevos segundos, y segundo a segundo, se fue plagando el espacio de tiempo, y así discurrió un minuto. Minutos más tarde, la fracción se había trasladado hasta la fuente de la emisión de la luz incorpórea, y sentía que un débil ruido luchaba por hacerse camino en la inexistente atmósfera. Lanzó otro segundo: “CHACK”

“ TUM”. Allí sonó. Era el latido de un corazón. Se sucedió otro segundo. Y otro latido. Y ruido a ruido, la inestable situación del éter se fue normalizando, y el débil halo de luz brilló con más fuerza, dejando ver una amorfa figura sin líneas ni color. Lentamente, brillaba una línea, y otra, y así fue formándose la figura anteriormente indefinida, que en algún momento se había perdido en una caja en el estante del fondo del pasillo polvoriento del recuerdo. Un calor recorrió la parte superior de la figura, haciendo que se estremeciera, sin moverse. En algún lugar, una hoja nacía…

 

Los seres invisibles observaron como surgía de la masa viscosa el pequeño segundo con su zumbido habitual. En ese instante, el tiempo volvía a la normalidad.

 

Aquella partícula regresó de alguna parte. O, simplemente, estaba allí. Sentí que aquello ya lo había vivido, que había caído en un extraño sueño dentro de mi propio sueño interminable. Es curioso que sentía que caía, cuando sabía perfectamente que no me movía, cosa que hace un segundo no me había planteado. ¿ Un segundo? Sentía el tiempo discurrir, ese hilo mental; se sucedían unos pensamientos a otros. Recordaba la hoja, estaba cayendo… Y sentía mi forma, formas planas que dibujaban mi figura. El calor en mi cabeza, se agitaba, bullía… Mis pensamientos. Estaban allí, acompañándome, en vez de abandonarme por mala dueña. Éramos tan solo mi mente y yo.

Y, a pesar de todo, allí había alguien. Alguien me observaba, desde una esquina en el cuarto esférico. Algo que susurraba cosas, en una clave imperceptible por mi oído. Alguien que se reía entre dientes, y que a la vez sollozaba, con el alma destrozada. Ese ser, que había encontrado un espacio en mi espacio, podía observar perfectamente mi cuerpo ausente, escuchar mi voz muda, leer mi alma desdibujada, y sentir mi sufrimiento, aquel que yo creí haber dejado en otra parte. En ese mismo instante, cuando me di cuenta de que, a pesar de haber intentado estar sola, y haberme desprendido de todo lo que no necesitaba, algo, o alguien, había conseguido filtrarse en aquel tiempo congelado, sentí el miedo. Ahora, lo que había sido ausencia de oscuridad, y simplemente calma, se convertía en la más profunda y aterradora vorágine en las que mi atormentado ser se había visto involucrado jamás. Estaba desprotegida, desnuda, abandonada… La soledad me absorbió en su red interminable de dolor. El silencio cayó sobre mí haciendo resonar mi realidad.

  • ¡NO!

Mi voz… Y el silencio se quebró. La soledad se acurrucó junto a mí. Estaba fría, pegada a mi costado, buscaba mi calor. La oscuridad nos envolvía ahora. Realidad… No… No recuerdo por qué la dejé… Pero no quiero averiguarlo…

  • ¿Por qué?

Su voz. La recordaba suave, adormecedora… De otra ocasión. ¿ A quién pertenecía, que me era dolorosamente familiar? Se oyó un ruido seco a lo lejos. La realidad se acercaba lentamente, con su cojera habitual. Ahora oía mis pensamientos. Se habían disparado. Se agitaban, daban vueltas, se entretejían, se estrangulaban y morían. La paz tocaba a su fin. El miedo era latente. Mi corazón apareció, despacito, pero latiendo con fiereza, recordándome que aún luchaba, que aún gritaba, que aún tenía coraje para bombear y mantener así mi insignificante vida. Mi oído se agudizó. A lo lejos, alguien arrancaba suaves y pesadas notas a un violonchelo. Suave, muy suave. Lenta, muy lentamente, el arco iba deshaciendo, una a una, las pequeñas notas que se aferraban a las cuerdas del instrumento. Este aún dormía, y el arco, sediento de música, le robaba la melodía, porque sin esas cuerdas, sin esas cuerdas él no era nadie… Y las notas volaban, describiendo surcos coloridos y florituras en el aire, y llegaban hasta mi cabeza, donde un nuevo pensamiento era introducido en mi mente. Veía, no; sentía, esbozaba, olía, saboreaba retazos de mi vida, de lo que había sido, de lo que no era ya.

Aquella voz seguía retumbando en la atmósfera, que ahora se había hecho palpable, y mi cuerpo, tendido sobre un suelo duro y frío, absorbía ese aire enrarecido, ansiosamente, perfectamente consciente de que mis pulmones lo recibían con agrado. La respiración no era rápida ni dificultosa: solo mi corazón latía a una velocidad que mis venas no podrían soportar mucho tiempo más. Experimenté aquel delicioso dolor físico que, por unos minutos, alejaba mis pensamientos del dolor espiritual. Dulce, dulce dolor…

  • Despierta.

Obedecí. Abrí los ojos. La oscuridad se manifestó realmente. El suelo estaba. También paredes. No lo había soñado, era un cuarto redondo, realmente. Redondo e inmenso.

Y en medio de la red entretejida por mi mente, un desconocido se había colado, empapándose de todo mi ser, fundiéndose en mis raíces, colgado de mis pensamientos. Sabía que me escuchaba, y más aún: que leía en mi mente como si se tratara de una pizarra.

  • ¿ Dónde estoy?

  • En algún lugar… Entre el principio y el final.

  • Mi principio me miró de soslayo hace ya mucho tiempo…

  • No es verdad.

Silencio. Su voz era cada vez más suave, más lenta y calmada, y la música sonaba con más fiereza que antes, y los pasos, la cojera, estaban más y más cerca.

  • ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

  • ¿Importa eso?

Pensé un momento.

  • No lo recuerdo…

  • Exacto.

  • ¿Qué quieres decir?

Calló. Dudé de si seguía allí, aunque un presentimiento me decía que sí.

El aire se veteaba en rojo, como llamas, como pinceladas ardientes danzando bajo la fresca noche de verano. Cobraba color, cobraba sentido. Ya no parecía un sueño. Sentía furia.

– ¡Eres cobarde! ¡Deberías permitir que viese tu rostro! ¡Porque sé perfectamente que tú puedes ver el mío!- bajé la voz-. Y ver a través de él.

No respondió inmediatamente, pero podía oírlo jadear, y su respiración se aceleró, acompasándose a la mía. La música, antes suave, ahora era frenética y mareante.

  • ¿Y qué pasó?

No tenía que explicárselo, porque para ella mi mente era una pizarra donde iba leyendo todo lo que se me pasaba por la cabeza. Las notas me golpeaban. Destrozaban, furiosas, las suaves hilos de los que colgaban mis recuerdos, y todo se enmarañaba. Solo recuerdo la quietud, el silencio sepulcral que me mareaba, la sensación de angustia me tiraba desde la garganta y hacía que todo mi cuerpo se derrumbase, mientras me deshacía en un paroxismo final. Y esos haces de luz…

– Y viniste aquí.

Dudé un instante.

  • Sí… la busqué por las profundidades de mi mente. Intentando revivirla a base de retazos, de recuerdos, para que no se perdiera, para retenerla eternamente entre mis brazos… Creí que sería posible, pero ahora entiendo que no. Había sido tan corta su vida, nuestra vida…

Y entonces vi el rostro de la voz. Se sentaba frente a mí, en el suelo, con las manos entrelazadas sobre el regazo, y las piernas cruzadas, clavándome unos profundos ojos verdosos. Su mirada me deslumbró, era inquisitiva y tristemente familiar. Entonces la luz se hizo más fuerte, y observé que estaba viendo mi reflejo en un espejo. Todo el tiempo era yo. Todo el miedo, la angustia, las palabras y los recuerdos, me los estaba proporcionando yo.

  • ¿ Y qué has encontrado aquí?

En aquel momento entendí que jamás volvería a encontrar su esencia, si no fuese en los recuerdos que aún mantenía de ella. Pero que aquello era tan solo ahogarme en mi propio ser, de tal forma que nunca la hallaría si apenas yo sabía donde estaba.

  • Quiero irme a casa…

Desperté en lo que me parecieron horas después de mirarme a los ojos por última vez. Sentía el cuerpo liviano y dolorido, expuesto a una gran tensión. Frágil como una copa de cristal. Lentamente observé el cielo cárdeno que se extendía al otro lado del ventanal. Las nubes se entretejían perezosamente en un último suspiro antes de dejar paso a la noche. Oía pasos y voces, a lo lejos. También alguien que lloraba. Supe que alguien me observaba, en silencio, pero ya no tenía miedo. Me despedí del largo día, mientras esas nubes se llevaban mis recuerdos.  

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1 comentario

  1. Elaine Holmes said,

    Probablemente si Einstein hubiera leído esto, te habría pedido consejo y habría aplaudido como un niño que encuentra un tesoro.

    Sigue caminando. 😀

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